La poesía es un arma cargada de futuro

La poesía es un arma cargada de futuro

Quizás, cuando me muera,

dirán: Era un poeta.

Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.

Gabriel Celaya

Blanca López      26 de febrero de 2021

Ayer leí una publicación muy ingeniosa en elDiario.es. Se titula “Poetas en Instagram: La edad del pavo como negocio” y verdaderamente me hizo pasar un buen rato. Empezaba así el artículo: “Algunos dicen que la poesía en Instagram es una especie de vocoder literario, que transforma una amalgama de frases evidentes, lugares comunes, palabras fetiche y una pizquita de autoayuda, en una droga tan tóxica como contagiosa”. Y es que del creador de “After” llegan los versos minimalistas del gemelo vago, atormentado por el desamor y avocado sin remedio a la búsqueda de consuelo en el papel y la tinta. 

Se preguntaba el periodista del diario digital qué es la poesía. Ya se lo cuestionaba Bécquer en una de sus rimas célebres, pero más de un siglo después, seguimos sin tener respuesta. Los maestros se fueron (y menos mal que no están para lapidarnos) y sus pupilos —hablando en términos generosos— no les llegan ni a la suela del zapato. “¿Es realmente bueno leer, aunque sea cualquier cosa?”. Mario Vargas Llosa dijo que aprender a leer era lo más importante que le había pasado en la vida. Dudo que estuviera pensando en leer psicología barata, pero oigan, quién sabe.

“¿Es la poesía juvenil una moda asociada a la edad o luego se te pasa?”. Desde sus atalayas de marfil rezan para que sea algo transitorio. “La escritura es la pintura de la voz”, decía Voltaire. Menuda voz, la nuestra. Muy en línea a esta afirmación se pronunció Descartes: “leer un libro enseña más que hablar con su autor, porque el autor, en el libro, sólo ha puesto sus mejores pensamientos”. Será que la nueva generación de poetas es más reservada y se guarda para sí las reflexiones profundas.

Pero no perdemos la esperanza. Bajo la capa estéril de frases manidas de “coaching emocional”, también asoma auténtica frescura. 

Sin embargo, hoy, como homenaje al legado que nos han dejado los grandes poetas de la historia, os presentamos una recopilación de siete poemas. A esa poesía le debemos los mejores versos. Pasen y lean.

 

No tires las cartas de amor

Ellas no te abandonarán.

El tiempo pasará, se borrará el deseo

-esta flecha de sombra-

y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,

se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.

Caerán los años. Te cansarán los libros.

Descenderás aún más

e, incluso, perderás la poesía.

El ruido de ciudad en los cristales

acabará por ser tu única música,

y las cartas de amor que habrás guardado

serán tu última literatura.

 

Joan Margarit. Aguafuertes, 1998

 

Poema XV

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,

y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.

Parece que los ojos se te hubieran volado

y parece que un beso te cerrara la boca.

 

Como todas las cosas están llenas de mi alma

emerges de las cosas, llena del alma mía.

Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,

y te pareces a la palabra melancolía.

 

Me gustas cuando callas y estás como distante.

Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.

Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:

déjame que me calle con el silencio tuyo.

 

Déjame que te hable también con tu silencio

claro como una lámpara, simple como un anillo.

Eres como la noche, callada y constelada.

Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

 

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.

Distante y dolorosa como si hubieras muerto.

Una palabra entonces, una sonrisa bastan.

Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

 

Pablo Neruda, de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924)

 

No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan solo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.

 

Jaime Gil de Biedma, de “Poemas póstumos” (1968)

 

Si el hombre pudiera decir

Si el hombre pudiera decir lo que ama,

si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo

como una nube en la luz;

si como muros que se derrumban,

para saludar la verdad erguida en medio,

pudiera derrumbar su cuerpo,

dejando sólo la verdad de su amor,

la verdad de sí mismo,

que no se llama gloria, fortuna o ambición,

sino amor o deseo,

yo sería aquel que imaginaba;

aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos

proclama ante los hombres la verdad ignorada,

la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien

cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;

alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina

por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,

y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu

como leños perdidos que el mar anega o levanta

libremente, con la libertad del amor,

la única libertad que me exalta,

la única libertad por que muero.

 

Tú justificas mi existencia:

si no te conozco, no he vivido;

si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

 

Luis Cernuda, de su libro “Los placeres prohibidos” (1931) 

 

Me basta así

Si yo fuese Dios

y tuviese el secreto,

haría un ser exacto a ti;

lo probaría

(a la manera de los panaderos

cuando prueban el pan, es decir:

con la boca),

y si ese sabor fuese

igual al tuyo, o sea

tu mismo olor, y tu manera

de sonreír,

y de guardar silencio,

y de estrechar mi mano estrictamente,

y de besarnos sin hacernos daño

—de esto sí estoy seguro: pongo

tanta atención cuando te beso—;

                                entonces,

si yo fuese Dios,

podría repetirte y repetirte,

siempre la misma y siempre diferente,

sin cansarme jamás del juego idéntico,

sin desdeñar tampoco la que fuiste

por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero

aclarar que si yo fuese

Dios, haría

lo posible por ser Ángel González

para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma

a que te crees tú misma cada día

a que sorprendas todas las mañanas

la luz recién nacida con tu propia

luz, y corras

la cortina impalpable que separa

el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra,

Lázaro alegre,

yo,

mojado todavía

de sombras y pereza,

sorprendido y absorto

en la contemplación de todo aquello

que, en unión de mí mismo,

recuperas y salvas, mueves, dejas

abandonado cuando —luego— callas…

(Escucho tu silencio.

                    Oigo

constelaciones: existes.

                        Creo en ti.

                                    Eres.

                                          Me basta).

 

“Me basta así” por Ángel González en su libro “Palabra sobre palabra” (1965)

 

Piedra de sol

[…] 

voy por tu cuerpo como por el mundo,

tu vientre es una plaza soleada,

tus pechos dos iglesias donde oficia

la sangre sus misterios paralelos,

mis miradas te cubren como yedra,

eres una ciudad que el mar asedia,

una muralla que la luz divide

en dos mitades de color durazno,

un paraje de sal, rocas y pájaros

bajo la ley del mediodía absorto,

 

vestida del color de mis deseos

como mi pensamiento vas desnuda,

voy por tus ojos como por el agua,

los tigres beben sueño de esos ojos,

el colibrí se quema en esas llamas,

voy por tu frente como por la luna,

como la nube por tu pensamiento,

voy por tu vientre como por tus sueños,

[…] 

 

Fragmento de “Piedra de sol”, de Octavio Paz, en su poemario “Libertad bajo palabra” (1960)

 

La poesía es un arma cargada de futuro

Tal es mi poesía: poesía-herramienta

a la vez que latido de lo unánime y ciego.

Tal es, arma cargada de futuro expansivo

con que te apunto al pecho.

 

No es una poesía gota a gota pensada.

No es un bello producto. No es un fruto perfecto.

Es algo como el aire que todos respiramos

y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

 

Son palabras que todos repetimos sintiendo

como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.

Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.

Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

 

Fragmento de “La poesía es un arma cargada de futuro”, de Gabriel Celaya, en “Cantos Iberos” (1955)

 

 

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