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Description

La primera vez que conocí al autor de la presente novela era día de boda. Se hizo enseguida con el
desgobierno de nuestra mesa de invitados. Pronto descubrí que, a su lado, todos los días son fiesta;
ingeniero en neologismos, siempre tiene los ojos a punto de travesura y ejerce de farandulero a tiempo
completo.
Pero, por encima de todo, presenta dos cualidades que hacen posible este cuento: aún en vena la sabia
de su pueblo natal, la localidad española con mayor número de talentos por kilómetro cuadrado, y la
sensibilidad por el dolor ajeno.
Como sus quintos, Mario asistió a los últimos coletazos del servicio militar obligatorio. Podría
atormentarnos con historias de la mili; sin embargo, prefiere empezar “en mi pueblo una vez…” Posee
enquistada la querencia por la piedra, el viento, la forja, el barro, y pastorea el jardín de su casa con
pulso firme de manos artesanas.
Como todo hombre de bien, se conduele de la extinción del colobo rojo, de la inconsistencia en el
sabor de los tomates, de las tribulaciones del alma.
Y así ha parido Envolturas.
El libro camina, sin prisa, en un momento indeterminado de la posguerra entre senderos sellados por
el instinto de supervivencia.
A los secretos que esconden, les preceden siempre olores: la atmósfera agria en el hospicio de
soledades, desde el que el protagonista intuye el mundo; el heno sofocante para el establo, el vaho a
leche podrida del queso cerca de las riveras, el guiso de níscalos sobre el trébede del hogar… Tantos
vapores no son casualidad, pues Mario suele consignar la realidad en términos de aromas y tufillos. Su
anterior relato, Olores, es un buen ejemplo.
Envolturas es, más que otra cosa, un verso encadenado sobre la luz que desprenden sus personajes
alrededor de Leandro, el silencioso y atormentado protagonista cuya maldición solo descubre lo que
todos, ya antes, llevaban dentro.
Por todo ello, así en lo humano como en lo literario, agradecemos a Mario que los días descariñados
se compensen con chascarrillos y, con Envolturas, que siembre de pasados la tierra deshabitada de
nuestra memoria.

(Nuria Alda López)